Por el Élder Ronald A. Rasband
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Tomado del discurso “Religious Freedom
and Fairness for All”, pronunciado en la Universidad Brigham Young, el 15 de
septiembre de 2015.
Al aceptar la invitación de tratar a los demás con
espíritu de justicia, sentirán que aumenta el amor del Salvador por ustedes y
por todos los Hijos del Padre Celestial.
Sospecho que para algunos de ustedes quizás la frase
“libertad religiosa” se interprete más como “libertad para discriminar”. Deseo
hablarles sobre ese punto de vista y ayudarlos a comprender lo que quiere decir
la Iglesia cuando habla de libertad religiosa y por qué es de importancia vital
para su futuro y para La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos
Días. También mencionaré ciertas dudas y malentendidos que algunos de ustedes
pudieran tener en lo que se refiere a la libertad religiosa.
Tal vez algunos tengan dificultad para comprender la
función que tiene la religión en la sociedad, la política y las cuestiones
civiles. Puede que algunos se pregunten incluso por qué hay grupos religiosos
que toman parte en la política, y a menudo hasta desconfíen de las intenciones
de las personas religiosas cuando lo hacen. La voz colectiva de los grupos que
consideran que la religión no debería desempeñar un papel en la deliberación
política se ha acrecentado en los últimos años.
La oportunidad de participar en el proceso político es
un privilegio que se da al pueblo en la mayoría de las naciones. Las leyes y la
legislación tienen una función educativa importante en la formación de la
cultura social y moral. Es preciso que todo miembro de la sociedad tome parte
activa en el diálogo cívico que contribuye a establecer leyes y legislación que
sean justas para todos.
Libertad para todos
¿A qué nos referimos cuando hablamos de libertad
religiosa? Les contaré las historias de dos personas y, mientras lo hago,
quiero que piensen en cómo se sentirían si fueran una de ellas.
La primera es sobre alguien a quien llamaré Ethan.
Ethan acababa de comenzar a trabajar en una carrera que siempre había deseado
tener y quería causar una buena impresión. Llegaba temprano y se quedaba hasta
tarde trabajando; tomaba trabajos extras y su labor era excelente; muchos de
sus colegas lo apreciaban y él disfrutaba mucho de su empleo. Un día en que
almorzaba con dos compañeros, se sintió suficientemente cómodo con ellos para
decirles que era homosexual. Se produjo un silencio incómodo porque ninguno de
ellos supo cómo responder; Ethan quedó desilusionado ante la fría actitud de
sus colegas y se sintió herido y rechazado.
Después de aquel almuerzo, la situación en la oficina
se volvió cada vez más incómoda para él; empezó a sentirse vulnerable y menos
apreciado, se encontró excluido de grandes proyectos y de reuniones sociales
después del trabajo, y su rendimiento laboral sufrió porque sentía que no
encajaba y que no lo querían allí. Después de unos meses, lo despidieron,
porque su jefe consideró que su rendimiento no era bueno. A pesar de todas las
afirmaciones al contrario, Ethan sabía que lo habían despedido por ser
homosexual.
Ahora les hablaré de Samantha. Esta joven había
empezado a trabajar en las oficinas administrativas de una universidad local y
estaba entusiasmada por trabajar en un ambiente estimulante y lleno de
opiniones, ideas y orígenes diferentes. Un día se le acercó una compañera de
trabajo, le dijo que había oído que ella era mormona y le preguntó si era
verdad. Samantha le respondió con una sonrisa que así era, pero lo que la
compañera le preguntó a continuación la tomó por sorpresa.
“¿Y por qué odian a los homosexuales?”. A pesar de que
le sorprendió la pregunta, Samantha trató de explicar su creencia en Dios y en
el plan que Él tiene para Sus hijos, en el cual, le dijo, se incluyen normas de
conducta moral y sexual. La compañera le refutó diciendo que el resto de la
sociedad había avanzado más allá de esas creencias. “Además”, le dijo, “la
historia está llena de personas que han usado la religión para comenzar guerras
y marginar a grupos vulnerables”.
Samantha reafirmó sus convicciones y su comprensión de
que Dios ama a todas las personas y luego le pidió a su colega que respetara su
derecho a creer. La compañera consideró necesario contar la conversación que
habían tenido a los demás empleados y, en las semanas siguientes, Samantha se
sintió cada vez más aislada a medida que aumentaba la cantidad de compañeros
que la enfrentaban con preguntas y hostilidad.
Su jefe, al notar que iban en aumento las
conversaciones sobre religión, le advirtió que el proselitismo en el medio
laboral podía poner en peligro su empleo. Como en el caso de Ethan, eso empezó
a perjudicarla en el trabajo y, en lugar de correr el riesgo de verse
despedida, la joven empezó a buscar otro empleo.
Ahora bien, estos son casos hipotéticos, y sin embargo
no lo son; hay muchas Samanthas y muchos Ethans. Como quiera que elijamos vivir
y sean cuales sean nuestras decisiones, todos compartimos una naturaleza humana
común y un deseo de justicia y de bondad. A Ethan no deberían haberlo despedido
por ser homosexual y a Samantha no deberían haberla intimidado por ser
religiosa; ambos sufrieron críticas, juicios y represalias injustamente.
En la sociedad actual, es políticamente correcto
empatizar con la situación de Ethan, pero no tanto con la de Samantha; el caso
de él lo podría tomar un grupo de apoyo como ejemplo de discriminación contra
los homosexuales; y verdaderamente merece protección.
Pero, ¿y Samantha? ¿Quién defenderá su derecho a la
consciencia religiosa? ¿Qué se puede decir sobre su derecho de llevar una vida
auténtica como persona de fe, dedicada a amar y a servir a los demás, pero
también con la facultad de decidir qué es correcto y qué es erróneo, y de vivir
de acuerdo con ello?
Justicia para todos
Nuestra sociedad se ha enceguecido tanto en su empeño
por reparar la discriminación injusta contra un determinado grupo de personas
que ahora está en peligro de crear otra clase de víctimas: las personas de fe,
como ustedes y yo.
Ya hay instituciones de enseñanza a las que se
cuestiona por exigir que los estudiantes y el cuerpo docente se adhieran a un
código de honor que exige fidelidad y castidad; hay ejecutivos de compañías
importantes a los que se ha relegado o se les ha obligado a renunciar porque
sus ideas religiosas no concuerdan con lo que se considera políticamente
aceptable; y algunos negocios se han visto forzados a cerrar porque sus dueños
han dicho lo que piensan.
A pesar de lo que ustedes quizás hayan oído o leído a
lo largo de los años, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos
Días ha defendido constantemente la libertad de elección y de conciencia. Hace
muchos años el profeta José Smith (1805–1844) escribió: “Consideramos… que
todos los hombres son creados iguales y que todos tienen el privilegio de
pensar por sí mismos cualquier asunto relativo a la conciencia”.
“Si… he estado dispuesto a morir por un
‘mormón’… estoy igualmente dispuesto a morir en defensa de los derechos de
un presbiteriano, un bautista o cualquier hombre bueno de la denominación que
fuere; porque el mismo principio que hollaría los derechos de los Santos de los
Últimos Días atropellaría los derechos… de cualquier otra denominación que no
fuera popular y careciera de la fuerza para defenderse”.
Entonces, ¿cuál es la postura de la Iglesia en cuanto
a la libertad religiosa? Puedo asegurarles que los apóstoles y profetas, bajo
la inspiración del cielo, han considerado este asunto con mucha atención.
Creemos en seguir los mandamientos de Dios, que se han designado para asegurar
nuestra felicidad eterna; sin embargo, “Dios a nadie forzará a ir al cielo”.
Creemos en crear un espacio para que toda persona viva de acuerdo con su
conciencia sin infringir los derechos ni la seguridad de los demás. Cuando los
derechos de un grupo chocan contra los de otro, debemos seguir el principio de
ser justos y sensibles hacia la mayor cantidad de personas que sea posible. La
Iglesia cree y enseña “la justicia para todos”.
Proteger la conciencia tiene que ver con salvaguardar
la forma de pensar y de sentir de otra persona, y su derecho a actuar de
acuerdo con esas creencias. Me refiero al caso de que alguien les diga que los
pensamientos, sentimientos y creencias que ustedes tienen no están permitidos,
o no son valorados ni aceptables porque sus puntos de vista no son populares.
En la guerra de los cielos se peleó por el albedrío, y es una violación de ese
albedrío el forzarlos a traicionar su conciencia porque sus puntos de vista no
coinciden con los de la opinión general.
Por favor, no me malinterpreten; cuando hablo de ser
auténticos, no quiero decir que el Señor nos dé pase libre para vivir de
cualquier manera que decidamos sin consecuencias; aún somos responsables ante
Él de nuestras decisiones. Él ha dicho: “Sed, pues, vosotros perfectos, así
como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48).
El mandamiento de procurar la perfección implica que empecemos en donde estamos
y busquemos la ayuda del Señor para que nos eleve a donde Él quiere que
lleguemos. El ser leales a nuestro auténtico yo requiere un esfuerzo continuo
por aumentar nuestra luz, conocimiento y comprensión.
La generación joven es la más “conectada”
—tecnológicamente— de la historia; los jóvenes siempre están conectados; y
ustedes saben que todo lo que aparece en internet es siempre perfectamente
exacto en un ciento por ciento, ¿verdad? ¡Claro que no! Así que, no crean todo
lo que vean en internet con respecto a la Iglesia y su postura en cuanto a los
derechos de los homosexuales.
Un ejemplo de la perspectiva de la Iglesia sobre la
“justicia para todos” tuvo lugar en enero de 2015, cuando organizó una conferencia
de prensa con tres apóstoles y una hermana de la Presidencia General de las
Mujeres Jóvenes con el fin de recordar a nuestros miembros, a la comunidad y a
la legislatura del estado de Utah que la Iglesia fomenta un enfoque equilibrado
que asegure los derechos de toda persona.
El élder Dallin H. Oaks,
del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo lo siguiente en esa conferencia de
prensa: “Hacemos un llamado al gobierno local, estatal y federal para que
sirvan a todos sus ciudadanos aprobando leyes que protejan las libertades
religiosas esenciales de las personas, las familias, las iglesias y otros
credos, mientras que también protejan los derechos de nuestros ciudadanos LGBT
[lesbianas, ‘gay’, bisexuales y transexuales] en asuntos tales como la
vivienda, el empleo y el uso público de hoteles, restaurantes y medios de
transporte, protección que no existe en muchas partes del país”.
Seis semanas después, al aprobarse protecciones tanto
para los LGBT como para las personas religiosas, los líderes de nuestra Iglesia
y otras personas felicitaron a la comunidad LGBT. Fue alentador saber que
estaban protegidos del desalojo, de la discriminación para obtener vivienda o
del despido de un empleo por causa de su orientación sexual. Además,
felicitamos a nuestros amigos de otras denominaciones religiosas al ver que
están igualmente protegidos en el campo laboral y en la opinión pública.
Utah —y la Iglesia— recibieron cobertura y elogios en
noticias nacionales por haber logrado tal compromiso histórico. Fíjense que
para ello no se sacrificó ningún principio doctrinal ni religioso; no se
hicieron cambios a la ley moral de Dios ni a nuestra creencia de que las
relaciones sexuales deben tener lugar solamente en el matrimonio entre un
hombre y una mujer. El resultado fue justo para todos y refleja coherencia en
las normas y enseñanzas morales y en el respeto hacia los demás.
Un mensaje de justicia
Entre
nosotros, no muchos tendrán una función prominente en el gobierno o la
legislación, por lo que tal vez se pregunten en qué les atañe personalmente a
ustedes este tema en la vida cotidiana. Me gustaría hablar sobre tres cosas que
pueden hacer para apoyar y promover un mensaje de justicia.
Primero, traten de ver a los demás a través de un
lente de ecuanimidad.Para
lograrlo, es preciso que primeramente reconozcan que el Padre Celestial ama a
todos Sus hijos por igual. El Señor dijo: “Que os améis unos a otros; como yo
os he amado…” (Juan 13:34).
No existe decisión, pecado o error que ustedes o cualquier otra persona pueda
cometer que cambie el amor que Él siente por ustedes o por ella. Eso no quiere
decir que Él excuse o tolere la conducta pecaminosa, ni tampoco nosotros la
excusamos —ni en nosotros ni en los demás—, pero sí quiere decir que tendemos
la mano con amor para persuadir, ayudar y rescatar.
Cuando uno se siente amado completa y perfectamente,
es mucho más fácil amar a los demás y verlos como los ve el Salvador. Les ruego
que se vuelvan a nuestro Salvador en oración y pidan recibir Su amor puro,
tanto para ustedes como para los demás. Él ha prometido que sentirán Su amor si
piden con fe (véase Moroni 7:48).
El estar llenos de ese amor puro guiará sus
pensamientos y sus acciones, particularmente en el entorno político, que a
veces puede ser contencioso. Cuando hablamos de asuntos políticos,
especialmente de la libertad religiosa, la tensión puede aumentar rápidamente;
si permitimos que esas conversaciones nos hagan perder la calma, pareceremos
poco cristianos a los ojos de nuestros familiares, amigos, vecinos y conocidos.
Recuerden cómo afrontó el Salvador las preguntas
difíciles y los puntos de vista desafiantes: permaneció en calma, demostró
respeto y enseñó la verdad, pero nunca forzó a nadie a vivir en la forma en que
Él vivía.
Segundo, dejen que la justicia rija su forma de tratar
a los demás.Jesucristo
miró más allá del origen étnico, la clase social y las circunstancias de las
personas para enseñarles la verdad sencilla. Recuerden a la mujer samaritana
junto al pozo (véase Juan 4:5–30),
al centurión romano (véanse Mateo 8:5–13; Lucas 7:1–10)
y al publicano despreciado (véase Lucas 18:9–14).
El Señor nos ha mandado seguir Su ejemplo, al decir: “… seguidme y haced
las cosas que me habéis visto hacer” (2 Nefi 31:12).
No juzguen a las personas ni las traten injustamente
solo porque pecan de manera diferente a como ustedes, o nosotros lo hacemos.
Tal vez el mayor desafío para tratar a los demás con
justicia radique en el equilibrio que se requiere para apoyar la libertad
religiosa cuando se tiene amigos o familiares que sienten atracción hacia los
de su mismo sexo o que defienden firmemente los derechos de los LGBT. A algunos
quizás les preocupe que puedan parecer intolerantes o insensibles si procuran
protección para ejercer su fe pública y libremente.
Repito, estudien la vida de nuestro Salvador y busquen
Su guía; Él demostró a la perfección cómo mostrar amor y apoyo al mismo tiempo
que nos mantenemos firmes en lo que sabemos que es verdad. Recuerden que cuando
se encontró a la mujer en adulterio, el Señor pidió que cualquiera que
estuviera libre de pecado se adelantara y fuera el primero en condenarla; al
ver que ninguno se acercaba, nuestro Salvador, en quien no había pecado, le
dijo: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:11). El
perdón y la bondad que Él le demostró no contradijeron Sus enseñanzas de que la
intimidad sexual es solo para esposo y esposa que estén legal y legítimamente
casados. Ustedes también pueden ser inflexibles en lo que es correcto y
verdadero y, no obstante, tratar con bondad a los demás.
Cuando hubo amigos y seguidores de Cristo que lo
abandonaron, Él expresó tristeza y dolor; sin embargo, cuando una relación
llegó a su fin fue porque los demás no se sentían cómodos con Sus enseñanzas,
no porque Él se sintiera incómodo con ellos.
En nuestro esfuerzo por tratar a los demás justamente,
debemos recordar el principio del albedrío: siempre debemos respetar la
capacidad de las otras personas de elegir, y pedirles que nos traten con la
misma cortesía. Cuando hablemos con otros sobre la libertad religiosa, debemos recordar
siempre que podemos discordar sin ser desagradables. Les pido que no traten de
evadir el diálogo sobre estos importantes temas solo porque les preocupe la
idea de que sea difícil o incómodo; podemos orar pidiendo ayuda y creer que el
Salvador nos ayudará a hablar y a actuar de una manera que a Él le agrade.
Tercero, defiendan lo que es justo si ven que se
infringen los derechos de otra persona. El élder L. Tom Perry (1922–2015), del Cuórum de los Doce
Apóstoles, era un modelo de alguien que creía firmemente en el matrimonio entre
un hombre y una mujer, pero siempre estaba dispuesto a defender los derechos de
los demás. Al presenciar un tratamiento injusto o una disparidad en la ley, dio
el ejemplo de cerciorarse de que esos derechos fueran protegidos.
Desde la época de José Smith hasta nuestros días,
nuestro legado ha sido el de tender la mano para reparar brechas y daños sin
comprometer la doctrina que no nos corresponde cambiar.
Participen de forma
activa
Esto me lleva al último punto que deseo destacar, y es
la necesidad de que su generación tenga una participación activa en este
asunto. Me uno a los líderes de la Iglesia de nuestro Señor cuando digo que
necesitamos la comprensión natural de su generación en cuanto a la compasión,
el respeto y la equidad. Necesitamos su optimismo y su determinación para
resolver estos complejos problemas sociales.
Tenemos fe en que se dirigirán al Salvador para
entender cómo vivir una vida semejante a la de Cristo y al mismo tiempo
demostrar justicia y amor hacia los que no comparten sus creencias. Sabemos que
quieren formar parte de algo trascendental, y que son fuertes y desean
colaborar.
Más importante aún, necesitamos que participen en
diálogos con respecto a las complejidades de este asunto y que encuentren
soluciones sobre la mejor forma de brindar justicia a todos, incluso a las
personas de fe. Esas conversaciones deben tener lugar en las escuelas, en
nuestros hogares y en las relaciones con amigos y compañeros de trabajo.
Cuando ocurra uno de esos diálogos, tengan a bien
recordar estos principios: ver a los demás a través de un lente de ecuanimidad,
tratarlos con respeto y bondad, y esperar el mismo trato a cambio.
El amor aumentará
Finalmente, quiero dejarlos con mi testimonio de que,
al aceptar la invitación de tratar a los demás con espíritu de justicia,
sentirán que aumenta el amor del Salvador por ustedes y por todos los hijos del
Padre Celestial. Su ejemplo de respeto y justicia abrirá puertas y creará
amistades significativas que atesorarán durante toda la vida.
Les testifico que nuestro Padre Celestial vive, que
los conoce y que los ama de manera individual. Él está siempre dispuesto a
ayudarlos. Él nos ha revelado Su plan no solo para que podamos regresar a vivir
con Él eternamente, sino también para que seamos bendecidos y felices en esta
vida. A medida que sigan Sus enseñanzas y traten a los demás con amor y
consideración, sentirán mucho más Su poder y Su amor.
La importancia de la
libertad religiosa
“… debemos entender que el uso fiel de nuestro
albedrío depende de que tengamos o no libertad religiosa. Ya sabemos que
Satanás no desea que tengamos esa libertad. Él intentó destruir el albedrío
moral en los cielos; y ahora, en la tierra, está oponiéndose y diseminando
confusión de manera implacable acerca de la libertad religiosa, y socavándola;
algo que es tan esencial para nuestra vida espiritual y nuestra propia
salvación”.
Véase del élder Robert D. Hales, del Quórum de los Doce Apóstoles,
“Cómo preservar el albedrío y cómo proteger la libertad religiosa”,Liahona, mayo de 2015, págs. 111–112.
Para apoyar y promover la justicia:
1. Vean a los demás a través de un lente de
ecuanimidad.
2. Dejen que la justicia rija su forma de tratar a los
demás.
3. Defiendan lo que es justo si ven que se infringen
los derechos de otra persona.
Artículo original de Liahona septiembre 2016















